Invertir en arte contemporáneo en el mundo 2.0

Hace más de un año que publiqué el artículo “El arte de invertir en arte contemporáneo” y ha pasado rápidamente a ser uno de los artículos más leído de la página, solo superado por un pequeño manual sobre las ventajas competitivas de las empresas.

La intención del texto era plasmar como era de exótico la industria del mundo del arte. Invertir en esculturas, pinturas o dibujos en servilletas de papel, no tiene ningún parecido con el análisis de acciones, bonos o derivados.

A pesar de esta gran diferencia, esto no evitó que algunos curiosos entraran en la página web para compartir el nombre de un pintor emergente, asegurando que se trataba de una inversión segura.

Estoy convencido que los maestros Graham y Dodd no estarían de acuerdo. ¿El arte una inversión segura? Mejor que, para empezar, nos preguntemos sí comprar un jarrón de la dinastía Ming se puede clasificar como una inversión.

Según los maestros del análisis fundamental, invertir es comprar activos que tienen la capacidad de producir rendimientos en un futuro, sobretodo a través de flujos de efectivo constantes. A partir de esta descripción, dejemos de pensar en materias primas (el oro y la plata no pagan dividendos anualmente), ni las pinturas, ni las litografías de la Marylin Monroe de Andy Warhol.

No obstante, la industria del arte sigue moviendo millones de euros a través de subastas, compras entre coleccionistas y marchantes, y construcciones de nuevos museos en Oriente Medio, con precio del petróleo.

De hecho, el mundo del arte ha dado un vuelco entre el año 2008 y el 2015, el lapsus de tiempo que hay entre la publicación de “El tiburón de 12 millones de dólares” de Don Thompson en que es basaba mi primer artículo y el nuevo libro “La supermodelo y la caja de brillo”.

El espectáculo del arte contemporáneo: el 1% del 1%

“El grito” de Edward Munch se subastó el 2 de mayo de 2012, a las 7:42 de la tarde. En la sala había 800 espectadores, dónde se mezclaban compradores con invitación previa, periodistas y cámaras de televisión de todo el mundo. El encargado de la subasta y en el papel de maestro de ceremonias, Tobias Meier empezó con una puja de 40 millones de dólares.

Después de distintas ofertas, una de las cuatro versiones de “El grito” se vendió a un comprador anónimo por 119,9 millones de dólares, convirtiéndose así en la pieza artística más cara vendida en una subasta.

A pesar de ser la pintura más reconocida alrededor del mundo, solo superada por el retrato de “La Mona Lisa” de Leonardo da Vinci, el nombre de Munch está menos valorado que otros pintores como Picasso o Dalí, explica Thompson en su último libro. Antes de esta subasta, difícilmente hubieran pagado más por sus creaciones. La comercialización de la obra de Munch, ejecutada a través de Sotheby’s, no solo dio más peso a la marca del artista noruego, sino que reforzó el papel de las casas de subastas como creadoras de este tipo de espectáculos.

“Hay cuatro elementos en nuestro modelo de negocio: producto, distribución, comunicación y precio. Nuestro trabajo es hacerlo tan bien en las tres primeras cosas que la gente olvide la cuarta”, explicaba Bernard Arnauld, principal accionista de la casa rival Christie’s.

Para la venta de “El grito” se puso en marcha la maquinaria del siglo XXI. Irónicamente, la pintura de Munch no se puede clasificar como arte contemporáneo, pues se pintó mucho antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial.

Pero, como indica Thompson, estas escenas no están relacionadas con el 99% de las transacciones comerciales que se hacen, día a día, entre pequeños marchantes y artistas. Al contrario, los vestidos de gala, las salas llenas de invitados, con apellidos reconocibles como Saatchi, Gagosian o Wynn, representan el 1% del 1% de esta industria.

Difícilmente los pequeños artistas nos harán millonarios de un día al otro. Comprar arte no es una inversión, ni tan solo una especulación, solo un placer. Y, a veces, muy caro.

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