Fenómenos aleatorios y la paradoja del pollo

En medio de una discusión sobre política, uno de los acompañantes decidió hacer una predicción de los escenarios políticos de los próximos cinco años. Crecido por su título de “politólogo” se atrevió a leer el futuro.

Hace tres años de esta anécdota y advertí a mi amigo de los peligros de su propósito. Incluso intenté explicarle la famosa Paradoja del Pollo para que desistiera. A pesar de estas advertencias, él prosiguió.

La historia política ha hecho su curso y, curiosamente, todo los hipótesis que mi amigo politólogo puso sobre la mesa han cambiado radicalmente. Nadie se habría pensado como llegarían a cambiar las cosas.

Así es la vida. La incertidumbre nos rodea y cualquier cisne negro nos puede sorprender a la vuelta de la esquina.

Hace un tiempo escribí por primera vez la paradoja del pollo y recibí una alud de comentarios que increpaban contra este pequeño cuento, que avisa del error de intentar inferir un conjunto de resultados a partir de los datos pasados.

El problema de la inducción

El arte de la deducción es la que practicaba Sherlock Holmes cuando ejecutaba la resolución de un crimen. El punto de partida era un suceso: un asesinato, un robo, la desaparición de una persona, un animal doméstico… Este evento dejaba un rastro de pistas, que solo si se reconstruían con la misma pericia del personaje de Sir Arthur Conan Doyle, lo llegaban a explicar a la perfección.

Mr. Holmes usaba todos los datos que tenía a su alcance para recuperar el pasado y hacía lo mismo que hace un historiador con los restos de una excavación, de hace mil años.

La línea del tiempo cambia de dirección cuando se habla de inducción. Al contrario que la deducción, la aplicación de este método pretende explicar el presente o, incluso, el futuro. Es el mismo arte que se atreven a practicar algunos sociólogos, politólogos y economistas, con la acumulación de datos históricos. En la predicción de transformaciones sociales, la demografía o las transferencias financieras entre países.

Si durante miles de años la sociedad ha seguido un patrón de evolución “X”, este seguirá durante los próximos mil años, diría el proceso inductivo. Porqué los datos nos han indicado el camino hacia el futuro.

Pero, lo que es cierto para un grupo de académicos, como los inversores que creen que pueden gestionar la incertidumbre del futuro a través de variables matemáticas con letras griegas, como la Beta, es un error para algunos pensadores.

“Cualquier día puede dejar de salir el sol”, reflexionaba David Hume sobre los posibles conflictos de usar la inducción.

Más mundano era Bertrand Russell que exponía el mismo problema a través de la “teoría del pollo” (originalmente, un pavo). En la paradoja del filosofo el protagonista es un pollo, relativamente inteligente, que usa el proceso inductivo para adivinar lo que pasará la siguiente mañana.La Paradoja del Pollo

Según Russell, el razonamiento del animal empieza el mismo día que lo trasladan, del mercado a la granja. Allí, su amo sigue la misma rutina diaria: a la salida del sol, le alimenta. Haga frío, haga calor. En base estos datos, el pollo establece una “ley universal” que dice: “cuando salga el sol, me alimentan”.

Los inductivos establecerían este razonamiento como bueno, ya que se equivocaría muy pocas veces.

El punto máximo de la paradoja de Russell es cuando llega el 25 de diciembre, cuando la intención de su amo es preparar la comida de Navidad. Este suceso, el sacrificio del animal, se trata de un fenómeno aleatorio para el pollo y tira por el suelo TODA su “ley universal” que se ha montado.

Además, esto justifica porqué los datos pasados nunca deben repetirse necesariamente en el futuro.

¿Qué puede hacer el pollo?

Un escrito inicial de este mismo artículo, y que publiqué hace más o menos un año, fue bastante criticado en Internet. Hubo personas que consideraron estas historia como una tontería, otros alargaron el discurso hasta llegar a hacer más paralelismos entre el cuento de Russell y los mercados financieros…

En resumen, a nadie le gusta que le traten de pollo.

A fondo, considero que los comentarios y críticas a este tipo de “teorías”, no solo pone de manifiesto la actitud de las personas frente el riesgo financiero, sino también de la vida.

Están aquellos inversores que prefieren desestimar los eventos puntuales que resultan incómodos. Algunos académicos hacen los mismo. Los fenómenos aleatorios, por su propia naturaleza, se apartan de la muestra que se está estudiando, aunque estos lleven consigo también un cambio de paradigma.

Según estos, Lehman Brothers fue una excepción, lo mismo que el último Tsunami que destrozó la costa este de Japón, la primavera árabe, la caída del muro de Berlín o el atentado de las torres gemelas de Nueva York. No obstante, todos estos fenómenos han tenido un impacto sin precedentes en la política, la economía, las relaciones internacionales entre países, la forma de entender la seguridad personal…

Después está la segunda actitud delante el riesgo: aceptar la existencia de los fenómenos aleatorios. Un día de Navidad. Un crac bursátil. Una revolución francesa. Internet No sabemos cuando moriremos, por ejemplo, pero no por eso es algo que no sucederá. Lo hará y, irónicamente, nos cambiará la vida.

En este mundo, como en el sector de las finanzas, hay dos tipos de pollos; los que comen y comen, con un proceso inductivo a las espaldas que les asegura que mañana también les darán de comer. Por otro lado hay los que aceptan la existencia de peligros que son inevitables, y cada día tienen la duda de si mañana será otro día.

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