¿Qué compro cuando invierto en una acción?

Cuando compramos acciones ya no nos dan un papel. Aquella vieja historia del niño al que le regalan un sobre con los títulos de una compañía eléctrica, que después de mayor recuperará como un tesoro, es anacrónica.

Ahora hablamos de números en una cuenta digital y cada vez se hace más difícil responder una pregunta tan simple como “¿Qué adquirimos cuando compramos acciones?”

¿Un papel?¿Una obligación?¿Una porción de empresa?¿Un derecho?

El valor de liquidación es lo que Benjamin Graham etiquetó como “el dinero que obtendrían los propietarios de una empresa si se quisieran deshacer de ella”. Por eso a través del balance situación podemos saber los elementos que tienen valor, los que podemos poner precio y forman una pequeña parte de la cotización de la empresa, y cuáles son las partidas que solo nos llevaran problemas.

En el balance de situación de cualquier compañía, dejando a un lado las entidades financieras, encontraremos los elementos que adquirimos:

Dinero

Si, aunque parezca una tontería. Gastar dinero para comprarlo, ¿dónde se ha visto eso? En las inversiones.

Un pequeño porcentaje del precio de la acción representa el dinero que tiene una compañía en efectivo en la Caja; en cuentas corrientes, depósitos e inversiones a corto plazo.

La mayoría de los analistas le prestan una atención especial a esta partida y al Estado de Flujos de Caja, dónde hay el detalle de todas las operaciones. A través de estas cifras la empresa debería explicar, con el máximo de veracidad, su capacidad de crear ganancias.

Peter Lynch a One Up on Wall Street nos recomienda descontar el efectivo por acción de su precio. Así sabemos el valor aproximado de lo que realmente estamos pagando.

Derechos

Dentro una empresa en funcionamiento encontraremos facturas pendientes de cobrar en la partida de Clientes. Eso no es un tesoro, pero casi; no es dinero disponible inmediatamente, ni tenemos la fiabilidad al cien por cien de que nos pagarán todo lo que nos deben. Son solo un derecho que puede transformarse en una ganancia.

Una empresa puede tener más “Derechos” que la de cobrar las facturas y, normalmente, son inversiones de las que se espera beneficios.

Las compañías energéticas, por ejemplo, invierten en concesiones sobre un recurso natural para ejecutar su actividad. Tienen el derecho a inspeccionar, excavar y cobrar por el material sustraído.

Hay compañías que pagan por una concesión de un negocio único – por situación, un ejemplo son las tiendas de los aeropuertos, o un servicio especial como son las farmacias. Hay emprendedores que, por otra parte, pagan por formar parte de un grupo de tiendas a través de una franquicia.

Cuando compramos una acción pagamos para adquirir estos derechos. No aseguran una ganancia inmediata, pero si la posibilidad de crear beneficios.

Inmovilizados

Máquinas, inmuebles… Si hablamos de una cadena de restaurantes serán freidoras, cámaras frigoríficas y planchas. Si analizamos un canal de televisión encontraremos equipos de televisión. Y todos ellos usan locales, edificios y fábricas para ejecutar su trabajo.

El precio de una acción acumula el valor de este conjunto de activos físico, indispensables para la actividad empresarial.

Pero atención! Una cosa es el valor de la contabilidad y otra el precio real que cobraríamos si, como dice Ben Graham, nos deshicieramos de la empresa.

El “Know-How” (marca, patentes…)

Son el grupo estrella del balance de situación; por la dificultad que presentan en el momento de valorarlos, pero también por la cantidad de beneficios que conlleva tener un logotipo que se conoce alrededor del mundo. O una patente, o un copyright, que garantizan un monopolio.

¿Qué precio le ponemos a una ventaja competitiva? Es el mismo tipo de evaluación que puede hacer un departamento de recursos humanos a una persona: ¿qué cifra le pones al conocimiento?

Si eso es complicado, en bolsa lo es el doble.

Cuando compramos una acción pagamos dos marcas: la imagen de la empresa y la que tiene la misma compañía en bolsa. La comunidad financiera es caprichosa y crea modas que, a veces, quedan totalmente al margen del funcionamiento real del negocio.

Responsabilidades: Proveedores, empleados…

Esta es la parte que no gusta a nadie; la de pagar. Una acción arrastra un conjunto de obligaciones que no podemos olvidar.

No hay actividad, servicio o producto sin su materia prima. Por eso hay que pagar los suministros, los proveedores, a los empleados…

Casi todas las obligaciones están bien especificadas en el balance de situación, pero hay algunas que consiguen escaparse y se quedan fuera; como los planes de pensiones de algunas compañías o la previsión de alquiler de los locales.

Estas obligaciones, deudas a largo plazo, afectan a las finanzas de la compañía y, en cambio, pueden no estar reflejadas en el precio inherente de la acción.

Prestamos y líneas de crédito

Todas las relaciones son complicadas, pero esta es la peor.

El banco es posiblemente, después de las personas que crearon el proyecto, de los primeros que estuvo allí. Y siguió la relación con la compañía con su ampliación y cada nuevo proyecto que requiriera más capital.

Las entidades financieras existen para dejar dinero, pero no para darlo. Por eso, comprar acciones también implica endeudarse.

Si las cifras de estos elementos predominan – pago por préstamos e intereses – entre el balance de situación y la cuenta de pérdidas y ganancias, la situación de la compañía es verdaderamente complicada.

Por eso, en las épocas de transformaciones y reestructuraciones, de algún sector llega la noticia que una compañía o un inversor individual ha comprado una empresa por un euro. Aunque parezca insignificante, tener por esta cantidad una larga lista de responsabilidades significan más dolores de cabeza que celebraciones.

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