Después de la bancarrota, una oportunidad de inversión

Hablar de Enron, Lehman Brothers Pescanova aún provoca escalofríos a los accionistas que algún día confiaron en la buena marcha de su negocio. ¿Quién invertiría si, una vez reformadas, volvieran a la bolsa?

Costará borrar la imagen de miles de empleados cargados de objetos personales, saliendo de edificios centenarios. Una bancarrota, sobre todo si es sonada, destroza la popularidad de una empresa y el recuerdo de sus éxitos anteriores.

Enron no volverá al parqué. Pero si que lo pueden hacer las compañías que se acogen al Chapter 11 de la Ley Mercantil de los Estados Unidos y entran en un concurso de acreedores. Este proceso permite a las multinacionales arruinadas mejorar sus finanzas a puerta cerrada, por la vía judicial.

Pasado ese trance, volverán a cotizar en bolsa con un perfil de “zombie” que la opinión pública ve con malos ojos. Por este motivo, los accionistas que se enfrenten al credo popular y perdonen a las empresas resucitadas su pasado más horroroso, podrán acceder a grandes oportunidades de inversión.

La apuesta en una multinacional, después de un concurso de acreedores, es la madre de todas las inversiones contrarias. Si la comunidad financiera sigue la tendencia y alimenta éxitos recientes, creer en una compañía que procede de un desastre es ir a contracorriente.

Los administradores que deciden acogerse a un concurso de acreedores, lo hacen porque ya no queda dinero en la caja para pagar todas sus obligaciones. Ni sueldos, ni proveedores. Por problemas legales, operativos o financieros, “si no hay efectivo, el negocio no puede continuar” explicaba el emprendedor David González Castro en una conferencia.

El concurso de acreedores o Chapter 11, permite a las compañías hacer un kit-kat para estudiar la situación. Sin la presión de los mercados ni de los clientes, los responsables analizarán cuáles son las vías posibles para satisfacer todas las deudas y organizarán los activos disponibles de la manera más efectiva posible.

Los 3 períodos de un concurso de acreedores

Seth Klarman establece en su libro “Margin of Safety” tres períodos por los que pasa un Chapter 11. Primero el anuncio de la suspensión, le sigue la fase de la organización y, si hay éxito, finalmente se retoma la actividad empresarial y las acciones vuelven al parqué.

El anuncio del concurso de acreedores, como el de Pescanova, paraliza la cotización de las acciones y provoca la aparición de una alud de noticias que desgranan la anatomía del desastre. La incertidumbre se apodera de esta situación, pero también es la chispa que enciende un conjunto de oportunidades con rendimientos extraordinarios.

Los inversores más sofisticados, como los hedge funds, compran los préstamos del difunto, bonos y obligaciones, con un descuento considerable. Es posible que no recuperen la inversión, sobretodo de los que reciben la calificación de junior, pero también pueden multiplicar sus beneficios.

En la segunda fase, el juez del proceso dictamina la pauta que seguirá la compañía para conciliar los intereses privados de los acreedores con los de los propietarios. Mientras que el objetivo de los primeros es cobrar lo que les deben, los segundos quieren mantener el negocio con vida.

Los empresarios tendrán que vender máquinas, inmuebles, incluso patentes, para conseguir dinero. Necesitan sangre nueva para recuperar el paciente. Es un proceso complicado, que dura entre 2 y 3 años, y combina el arte de la contabilidad forense con la literatura jurídica.

La complejidad de esta fase desanima a los aficionados. Por eso Joel Greenblatt explica que lo mejor es estudiar las corporaciones que superan el concurso de acreedores y vuelven a la bolsa. Según su libro “You Can Be a Stock Market Genius”la acciones que vuelven al parqué son atacadas por los vendedores.

Como en un spin-off, hay características técnicas que presionan el precio de los títulos a la baja. Un posible caso es que algunos antiguos acreedores se transformen en accionistas, debido a un canje de bonos y obligaciones por participaciones de la compañía. Estos inversores accidentales no tienen ni la más remota intención de quedarse a largo plazo en bolsa.

Por otro lado, a pesar del cambio de imagen, con mayúsculas, que se ha ejecutado durante el concurso, la empresa aún arrastra el recuerdo de los antecedentes que le llevaron hacia el desastre. Por eso su vuelta a los parqués es discreto. Hace el mismo efecto que la publicación de un disco de un cantante que defraudó su público con el anterior.

El gigante General Motors volvió a la bolsa después de ser intervenido por el gobierno estadounidense. Meses más tarde, el 1 de noviembre de 2014, también reapareció Kodak; la multinacional tecnológica de referencia del siglo XX. Ambas noticias no tuvieron más repercusión que la estrena de una start up que nunca ha registrado beneficios: Twitter.

Ninguna de las dos tiene tanto glamour como la tecnológica que se acaba de estrenar. Ni Apple, ni Volkswagen entraban en las listas de los analistas cuando sus números se acercaban a la fallida. Creer en ellas era una predicción contra corriente, una inversión contraria. Pero no por eso había que rechazarlas.

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