Los fondos de inversión se arriesgan con la burbuja biotecnológica

A Seth Klarman no le preocupan las inversiones peligrosas. The Baupost Group, la compañía del famoso gestor, anunció una participación de un 17,92% en la farmacéutica Kindred Biosciences, el pasado 10 de enero. Esta posición se añade a una larga lista de adquisiciones del hedge fund en el sector de moda: la industria biotecnológica.

Los pasos de Klarman recuerdan a los de los magnates de las finanzas, que durante los años 90 no quisieron perderse la fiesta de la burbuja tecnológica. Estos invirtieron agresivamente en medio del frenesí, con todos los riesgos que conlleva empaparse de una euforia de esas características.

A finales del año 2013 Baupost Group acumulaba más de 965 millones de dólares en participaciones de negocios biotecnológicos de los Estados Unidos. Desde laboratorios que investigan fármacos para animales domésticos hasta tratamientos para la hepatitis. La oferta de empresas y de productos es variada.

La principal apuesta del grupo de Seth Klarman es Theravance Incorporated, una multinacional cotizada que se dedica a la comercialización de moléculas. Durante el año pasado la cotización de sus acciones aumentó un 65%, un comportamiento que avalaría el buen ojo de Klarman para los negocios.

Pero no es la transformación de las finanzas empresariales, sino el sentimiento de mercado, la clave de este tipo de éxito. Los estados financieros de Theravance, por ejemplo, nunca han registrado beneficios. En cambio, la comunidad financiera apuesta por el potencial de sus investigaciones, y acumulan otra oleada de noticias y opiniones favorables.

Expectativas y hechos, dos historias diferentes de la biotecnología

Los directivos de Kindred Biosciences alertaron que “No tendremos ingresos materiales del producto en un futuro previsible, y es posible que necesitamos obtener capital adicional para nuestros objetivos” como un primer factor de riesgo en el registro de la Oferta Pública de Acciones, en la Comisión del Mercado de Valores de los Estados Unidos (la SEC).

Por este motivo, un inversor interesado en la industria biotecnológica debe estar dispuesta a asumir que su dinero se destinará a una promesa, no a un proyecto consolidado. La inversión de miles de particulares financian productos que no están terminados y tienen muchas barreras para introducirse en el mercado.

Factores de riesgo como el de Kindred se pudieron leer hasta 35 veces, en ofertas públicas que se presentaron en bolsa, dentro del sector de la investigación farmacéutica, durante el año 2013. Respecto los procesos de desarrollo, se calculó que solo un 27% del total de investigaciones que llegan al tercer, y último, estadio de investigación, acabaron vendiendo el producto al mercado.

La situación de optimismo es alarmante si se tiene en cuenta que de todos los estrenos del año 2013, cinco empresas desarrollaban un producto que no había superado ni la primera barrera del proceso de investigación, lo que se conoce como el estadio pre-clínico, según Bubble-icious Biotech de Nathan Sadeghi-Nejad.

A pesar de los incipientes éxitos, el selectivo de esta industria, el Nasdaq Biotech, creció un 68% en un año y demostró que las previsiones y los beneficios reales son partes de dos historia completamente diferentes.

El “Patent Cliff”, “blockbusters” con fecha de caducidad

Se conoce como “patent cliff” el periodo que las multinacionales farmacéuticas perdieron el control de una larga lista de best-sellers que aseguraban un porcentaje considerable de sus ventas.

A partir del año 2010 Pfizer o Brystol Myers-Squibb perdieron el monopolio de la propiedad intelectual de fármacos fundamentales para su actividad como el regulador del colesterol Lipitor o el Plavi, un diluyente de la sangre.

La consecuencia directa fue que los productos genéricos ganaron terreno.

Los bajos tipos de interés favorecieron a las multinacionales a endeudarse y a poner en marcha políticas de adquisiciones generosas. La compra de laboratorios enteres, con un grupo de productos con potencial, servirían para sustituir algún día a los antiguos blockbusters.

Amgen, por ejemplo, compró al productor de fármacos contra el cáncer Onyx Pharmaceuticals, por 10.000 millones de dólares. La operación corporativa se plasmó directamente en la cotización de la pequeña compañía, que aumentó un 50% en una sola sesión.

Las majors del sector buscan talento externo para sobrevivir al patent cliff. Eso alimenta especulaciones y una posible burbuja. Cualquier acción de una pequeña empresa puede saltar de un momento a otro.

Pero el concepto de “Burbuja Biotecnológica” es un título que agrupa demasiadas actividades, muy variadas, en un mismo saco. “Es un error pensar en este conjunto de empresas como un solo grupo” escribe el especialista Stephen Petranek.

Hay diferentes iniciativas. Algunas están consolidadas, con un proyecto en marcha, y otras empresas solo son una idea que acaba de salir de una universidad. Invertir en estas últimas tiene un parecido a comprar un billete de lotería.

Creer que Seth Klarman tiene la fórmula mágica para escoger la opción que más probabilidades tiene de sobrevivir, seria darle un don que supera las posibilidades de muchos expertos del mismo sector. Ni los investigadores saben qué posibilidades de éxito tiene el producto que tienen entre manos.

De las nuevas ofertas de acciones en bolsa, la mayor parte desaparecerán o cotizarán discretamente. En los próximos cinco desaparecerán muchas empresas biotecnológicas y farmacéuticas, aunque sus objetivos sean tan nobles como tratar un cáncer, la cura del sida o el hepatitis.

“Las burbujas son el subproducto de un exceso de confianza y miedos inadecuados” advertía el gestor Howard Marks y en este caso el mercado está menospreciando los inconvenientes.

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