El inversor y la opinión pública

Por las Ramblas de Barcelona corre un personaje curioso: un hombre vestido con una túnica y levanta un cartel donde pide que te arrepientas porque llega el fin del mundo.

Hace años que se pasea arriba y abajo, y nadie le critica que sus profecías no se hayan cumplido. Nadie le recrimina que el fin del mundo no sucediera, tal como él decía, el 31 de diciembre de 1999.

¿Son estos lectores impasibles los mismos que leen la prensa económica? Lo parece!

Cada día se escriben más análisis, opiniones y recomendaciones. La información abunda. Alguna es acertada y, muchas otras, están equivocadas. Quedan gravadas en la red – “la nube” – pero, en cambio, los lectores no recuerdan, ni se quejan por la mala información pasada.

Una de las razones de esta tolerancia a la desinformación es que las predicciones de los gurús siguen un patrón convencional, que no se desvía de la norma.

En un contexto de crisis, los expertos siguen el ritmo y predicen más malas noticias. Si la economía funciona y los mercados financieros van sobrados de optimismo, nadie escucha los malos augurios. Los gurús siguen a la multitud y hablan de brotes verdes, sin dudas.

Los pronósticos de los expertos se mantienen en un intervalo de una desviación estándar, con un acusado sesgo positivo, como dirían los técnicos estadísticos.

El Dow Jones a 36.000 puntos

Relacionado con la bolsa, seguir este estilo conservador es una forma de evitar las alarmas. No es lo mismo considerar que mañana el índice Standard & Poor’s 500 bajará un 0,5%, que hacer como James K. Glassman y Kevin A. Hassett a principios de milenio, cuando avisaron que el Dow Jones llegaría hasta los 36.000 puntos.

Eso sí es demostrar valor! Nada de medias tintas. ¿Y si lo hubieran acertado?

Con la ventaja de la perspectiva histórica podemos reírnos de esta “anécdota”. Pero predecir un fenómeno, entonces creíble, requiere tanto valor como ponerse en situación, antes de aquél horroroso septiembre de 2008, y anunciar que se aproximaba la peor crisis financiera de los últimos veinte años.

Hubieron profetas que anunciaron el fin de los buenos tiempos. Gestores de inversiones y economistas con una opinión propia. Pero, tal como advierte Nassim N. Taleb en el libro “Antifrágil” sobre el papel de estos personajes: veritas odium parit (la verdad acarrea odio).

El mercado no acepta aquellos que se atreven a enfrentarse al credo popular. Los destrozan hasta la saciedad y, si fallan, serán humillados.

Los expertos que triunfan son personas responsables y hacen lo que se espera de ellos; decir cosas serias que esperan que digan. Por la tele, por escrito en su blog personal, en las charlas que dan en forma de conferencia por todos los pueblos del país. Los profesionales de las predicciones explican los rollos que el público está dispuesto a escuchar.

La opinión pública no quiere ni alarmas, ni sobresaltos.

Los turistas de la Rambla no se sorprenden por el profeta de la túnica que anuncia el apocalipsis. Ni les llama la atención. Se alarmarían si fuera el presidente del gobierno quién dijera las mismas cosas, pero no es extraño que lo haga este profeta. Y si se equivoca no hay nada para criticar. Todo lo que escribe lo hace dentro de la normalidad de su contexto.

Lo que sí llamaría la atención de los transeúntes sería que el profeta anunciara: “Dow Jones a 36.000 puntos”

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